jueves, 10 de septiembre de 2015

Pérdida

Hay un dicho que dice "no te das cuenta de lo valioso que es algo que tienes hasta que lo pierdes". Es totalmente cierto. Nos puede pasar en diferentes medidas, con las cosas más insignificantes a las cosas más importantes. Lo peor de esto es cuando te das cuenta de que lo estás perdiendo y aún así no haces nada por cambiar ese hecho, porque piensas que se puede solucionar con el tiempo o que en algún caso la otra persona involucrada (si es que hay) cambie.

Ahora os voy a contar una historia. Se me ocurrió pensando en algo dramático para expresar este tipo de situación. No sé a veces me pongo muy pensativa y sentimental y necesito escribir para desahogarme. Es que hoy tuve un momento de depresión y de ahí salió esto XD.

Había una vez una familia, una familia que vivía feliz. Los padres jugaban con sus hijos, y los niños con sus padres. Estos hacían su trabajo de padres muy bien, educaban a sus hijos de manera correcta y ellos crecían con los valores que sus padres les enseñaban. 

Así pasaban los años, los pequeños iban creciendo. Eran castigados cuando debían cuando hacían las cosas mal y eran recompensados cuando las hacían bien. Se aplicaban mucho en el colegio porque sabían que las buenas notas hacían felices a sus padres y ellos les habían enseñado que las notas eran muy importantes. A los tres niños les encantaba ver la sonrisa de sus padres cuando llegaban a casa con el boletín y les felicitaban por su esfuerzo. También había momentos tristes en los que su padre discutía con su madre, les dolía en el corazón y a veces querían llorar, pero sabían que papá y mamá se querían mucho y que no iba a pasar nada.

Los años siguieron pasando y el primer hijo llegó a la adolescencia. Al principio él creyó que iba a ser diferente a el prototipo de adolescente del que siempre había escuchado hablar, porque él no creía que fuera a discutir ni a estar tan en desacuerdo con sus padres. Pero se equivocó, no supo cuando pasó pero de repente vio como todo lo que le decían sus padres lo molestaban y lo irritaban. Se enfadaba y frustraba porque, a pesar de que sus padres le decían que entendían, él no creía que ellos le entendieran. Así es como empezaron las discusiones y algunos fuertes rozamientos con su padre, pero para su alivio con el paso del tiempo esto se fue tranquilizando. El primer hijo fue madurando, ya casi era un adulto y a pesar de que a veces no estuviera de acuerdo con sus padres, este escuchaba sus consejos e intentaba seguirlos aunque sus padres no se diesen cuenta.

Mientras el primer hijo se convertía en adulto, el segundo hijo entró en la adolescencia. El segundo hijo tuvo una infancia un poco problemática, pues era bastante rebelde y le gustaba mucho meterse con su hermano pequeño, cosa que fastidiaba de sobremanera al hermano mayor. Pero al llegar a los primeros años de esa etapa donde creces de sobremanera, tus hormonas se revolucionan y tu cuerpo empieza a cambiar; se volvió un niño mucho más tranquilo y ejemplar. Se portaba bien con todos y observaba en silencio como su hermano mayor discutía con sus padres. Pero llegó a los quince años y todo empezó a cambiar drásticamente, no sabía por qué, pero cada vez su padre lo irritaba más y más, y su relación empezó a decaer. No soportaba que su padre le mandara hacer todo a él cuando sus otros hermanos o él mismo podían hacerlo. Le enfadaba y le sacaba de sus casillas, haciendo que le levantara la voz a su padre y le hablara rudamente. Al principio el padre no hizo mucho, dejaba que su hijo actuara de aquella manera con él a pesar de que sabía que debía castigarlo, pero no lo hizo. Así se fueron repitiendo esas situaciones hasta que el padre se cansó y de un día para otro dejó de hablar con su segundo hijo.

Pasó un día o dos cuando el hermano mayor y el más pequeño se dieron cuenta de la situación y obviamente no les agradó para nada. En algún momento tuvieron la oportunidad de hablar con su padre para que les contara que pasaba, a lo que él solo les dijo que estaba harto y que no quería saber nada más de ese hijo suyo. El hermano mayor no sabía que tanto afectaba a su hermano más pequeño este hecho, pero a él lo destrozaba. No quería eso. No quería que su padre se desentendiera de su hijo, de su hermano. Así que aprovechó una oportunidad en la que estaban ellos solos y empezó a hablar con su hermano menor. Le explicó la situación e intentó que viera la gravedad de la situación, pero por mucho empeño que pusiera y por mucho que su hermano decía entender, este no quería abrir los ojos. De esa manera, tanto el hermano más pequeño como el mayor dejaron pasar el tema, observando con ojos tristes como su padre hablaba de manera vacía de su hermano y como este no hacía nada para remediarlo.

La madre de los niños también sufría, pero entendía. Entendía el por qué de que su marido actuara así, pero eso no significaba que le gustara. Durante las cenas podía palpar el tenso ambiente que se instalaba cada vez que su segundo hijo, su niño pequeño, hablaba y su marido lo ignoraba. Sus otros dos hijos lo notaban y ella lo sabía, pero a veces es mejor quedarse callados.

El hermano mayor sufría en silencio, pues sabía que esa situación no solo afectaba a su hermano, sino que también al resto de la familia. Podía ver como su padre se cerraba cada vez más a ellos y cada vez perdía la paciencia más rápido y entonces comenzó a reflexionar. Sabía que podían portarse mucho mejor, que podían ser más amables, ayudar más, no ser tan vagos y sobretodo tomar más iniciativa y no cargar con todo el peso del trabajo de la casa y de sus propios asuntos a sus padres, pero por algún extraño motivo no podía hacer nada; más bien, no es que no pudiera hacer nada, es que no sabía exactamente como arreglar todo ese horrible problema que se había formado. Su padre ya no se volvía pesado con él y aunque de cierta forma lo aliviaba, no le gustaba porque lo hacía sentirse culpable.

Un día el padre explotó y dejó en claro delante de todos su postura. No quería saber nada de su segundo hijo y que este no contara para nada con él, que a partir de ese momento es como si no tuviera padre. Después de esa declaración el hermano mediano  contestó como si no le importase, pero el mayor sabía perfectamente que era todo lo contrario. Sabía que le dolía, pero era demasiado orgulloso como para arrepentirse. 

Aquel día el hermano mayor se encerró en su habitación y lloró, lloró pensando en lo terco que estaba siendo su hermano, en lo fríamente que actuaba su padre, en como él estaba dejando que toda aquella situación pasase y en como su padre cada vez se volvía de una forma parecida con los demás. 

Aquel día el hermano mayor se dio cuenta de que a lo mejor no él directamente, pero que estaban perdiendo de alguna forma a su padre, sobretodo su hermano. Entonces siguió llorando pues si eso llegaba a suceder, sería una pérdida demasiado grande para su corazón y el de sus hermanos, porque después de todo, la familia es lo más importante.

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